Había pasado otra noche más sin que el doctor Freder pudiera dormir bien.
De nuevo, había pasado frente a su pizarra desde el ocaso escribiendo un sinfín
de ecuaciones y tratando de buscar soluciones que le dieran respuesta a alguna
de sus múltiples preguntas. En su escritorio se encontraba una gran cantidad
de papeles con aún más ecuaciones, la mayoría tachadas, llenas de rayones y
diagramas mal dibujados, y junto a aquellos papeles se encontraba lo único que
mantenía despierto al joven científico: una cafetera con una taza a medio llenar
en el dispensador.
A pesar de todos los esfuerzos realizados durante las últimas semanas,
el científico no había logrado entender por qué los resultados de su modelo no
concordaban con los del experimento realizado hace unos meses en el laboratorio
de su instituto. Por alguna razón, los instrumentos medían más energía de la
que se esperaba, energía que aparentemente no provenía de ningún lado. La
peor parte de todo era que, hace unos días, el joven investigador descubrió
una ecuación que describe con exactitud cómo aumenta la energía adicional
que aparece de la nada en el experimento, y según su nueva ecuación, existe un
umbral a partir del cual esta energía residual generada aumenta ilimitadamente.
Esto no le hacía sentido, pues implicaría que la naturaleza aleatoria del universo
a escalas cuánticas puede violar la conservación de la energía no sólo en la escala
cuántica, sino también en la macroscópica. ¡Algo totalmente impensable para
cualquier científico decente!
Tras otra noche sin dormir, Freder recibió el alba con su ecuación en el
pizarrón, pero aún sin respuestas. Lo único que había logrado fue corroborar
que su nueva ecuación, en condiciones extremas de energía implicaba necesaria-
mente la generación de energía ilimitada. Sin embargo, y aunque esto pareciera
absurdo, los resultados de la ecuación concordaban con la energía adicional me-
dida en el experimento, lo cual por alguna extraña razón le daban un poco de
esperanza al científico, pues a pesar de desafiar los conocimientos actuales en
física, concordaban con lo que midió el acelerador de partículas.
Tan pronto terminó de escribir la ecuación en su libreta de apuntes, comenzó a buscar su ropa para bañarse y se preparó para el trabajo. Apenas pudo
desayunar una taza de té, pues de repente le llegaron posibles ideas acerca del
fracaso de sus ecuaciones originales, por lo que recurrió a revisar sus apuntes
rápidamente antes de irse. Cuando se percató de la hora, tomó su mochila y
salió corriendo de su pequeño apartamento, con la esperanza de no llegar tarde
a su destino.
Una vez hubo llegado a su trabajo en el instituto, no podía concentrarse
de ninguna manera en su labor, ya que su cerebro estaba mucho más ocupado pensando en el error de sus ecuaciones que en los datos que tenía por analizar.
De cualquier forma, él consiguió concentrarse un poco más después de varias
tazas de café, las cuales además ayudaron a quitarle el enorme cansancio que
traía.
Aunque su jornada no fue muy productiva, las ideas no paraban de llegar-
le, era como si su mente estuviese conectada a una gran fuente de información,
y a la par que se le ocurrían nuevas formas de corregir sus errores, surgían
más conclusiones fatales de su modelo. Parecía que su nueva ecuación tenía
consecuencias tan curiosas como aterradoras, para empezar, podría explicar la
naturaleza de la misteriosa energía oscura, de la cual ningún físico tenía ni idea,
pero también implicaba una evidente violación de la conservación de la ener-
gía. Y no sólo eso: estas misteriosas fluctuaciones cuánticas no sólo permitirían
obtener o destruir energía de la nada, sino también modificar los enlaces ató-
micos y las funciones de onda de cualquier partícula existente, algo que según
el propio Freder, implicaría poder moldear cualquier forma de materia, onda
o energía a voluntad. Por supuesto, todo esto le parecía absurdo, razón por la
cual se vio obligado a pasar una nueva noche repensando en cómo eliminar las
fatídicas consecuencias de su nueva teoría.
De nuevo, pasó la noche entera reescribiendo cientos de ecuaciones y dia-
gramas, tratando de entender qué estaba haciendo mal. Sin embargo, por más
que pensaba acerca de sus procedimientos, no había error alguno. Esta noche
fue muy corta para Freder, pues apenas pudo reconsiderar algunos de sus plan-
teamientos, cuando fue alcanzado por el Sol. Pronto la alarma sonaría, y el
científico tendría que prepararse nuevamente para el trabajo, lo cual haría esta
vez más de prisa y sin la menor atención alguna a sus actividades por estar
pensando en sus teorías. En el traslado a su trabajo siguió totalmente distraído
e incluso se pasó una estación de metro de su destino. El trabajo no sería muy
distinto a los días anteriores, en los que no pudo hacer casi nada por estar
pensando.
Tras otra larga jornada, regresó a casa, y aunque seguía distraído, esta
vez prefirió tener un poco más de cuidado para no pasarse de parada tal como
en la mañana. De todos modos, seguía bastante abstraído pensando en sus
propuestas y errores, y una vez llegado a casa, y con el cansancio acumulado
de varios días y con dos días sin dormir, se dispuso finalmente a descansar,
no sin antes contactar a un viejo profesor de la universidad, el único al que
Freder consideraba un genio de su talla, y que quizá podría revisar su extraña
teoría antes de publicarla en un medio más serio, esto con la esperanza de que
el profesor encontrara el error que Freder no fue capaz de ver.
El joven científico tomó el teléfono, marcó, y después de algunos segundos,
una voz áspera pero prendida le responde –Mi querido Dr. Freder, ¿qué hace
llamando a estas horas de la noche?–, a lo cual, Freder contesta –bueno, ya sabe
usted que para mí la ciencia no tiene hora–. Los dos estuvieron platicando du-
rante casi dos horas, con Freder explicando de forma general el funcionamiento
y resultados de su teoría. El viejo doctor, sólo haría algunos sonidos expresando
duda y escepticismo, pero como ya conocía a Freder desde hace varios años,
sabía que sus modelos nunca fallaban, llegando incluso a considerarlo el mejor
de sus estudiantes. Cuando la conversación terminó, el joven se comprometió
a mandar una versión digital de sus avances a su antiguo maestro, para que él
pudiera revisar y encontrar los posibles errores.
A pesar del gran cansancio físico y mental de Freder, se mantuvo buena
parte de la noche pasando sus ecuaciones, notas y gráficas a la computadora
para poder mandarlas a su contacto esa misma noche. Aunque pudo terminar,
esto le llevó a dormir menos de tres horas, por lo que tuvo que tomar una dosis concentrada de café a la mañana siguiente, para así poder aguantar un nuevo
día. Aún con lo poco que durmió, esta fue la primer noche confortante en días.
Los siguientes días Freder seguiría pensando en su fallida teoría, pero esta vez más calmado sabiendo que su maestro estaría haciendo lo mismo. Casi dos semanas después, recibiría un correo del viejo profesor, en el cual, para sorpresa
de Freder, confirmaba lo que él temía:
He checado todo lo que me ha mandado, y a pe-
sar de lo absurdo de los resultados, no encontré
error alguno. Las suposiciones que usted postu-
la para fundamentar la teoría, son todas razona-
bles y basadas en las observaciones de los acele-
radores de partículas, por lo que tampoco puedo
refutar su teoría desde los cimientos. Aún pue-
de ser que esté ignorando algunas variables que
lo conducen a estos resultados, pero de ser así,
no tengo ni idea de qué otras fuerzas podrían
influir para contrarrestar estos disparatados re-
sultados. Tome en cuenta que la verdad sólo la
conoce la naturaleza misma, así que trate con
cautela estas palabras.
Todo esto le parecía aún más confuso a Freder, pues cualquier factor no
considerado en el modelo no tendría sentido, pues requeriría de la intervención
de agentes totalmente inconcebibles, incluso más misteriosos que la energía
oscura. Esto provocó que el científico no pudiera dormir nuevamente, viéndose
obligado a repensar sobre las repercusiones de su modelo. ¿Qué podría ser lo
que se ocultara detrás de los números, y contenía en sí mismo uno de los grandes
misterios del cosmos?
La mañana siguiente, Freder se preparaba nuevamente para el trabajo, con
unas muy visibles ojeras debidas a la falta de sueño. Tal como lo hacía siem-
pre, agarró una taza de café, la cual bebió rápidamente antes de salir con prisa
del departamento. En el trabajo, siguió pensando acerca de su ecuación, y qué
términos o factores podrían faltar para que los resultados fueran consistentes
con las leyes de la física. Lo único que sabía es que los planteamientos que le
llevaron a la ecuación eran todos correctos y con base en observaciones experi-
mentales de laboratorios de todo el mundo, pero aún hacía falta algo para que
el modelo tuviera sentido.
Su pensamiento se vio interrumpido cuando de repente un correo de su viejo
profesor llega a su computadora de trabajo, en el cual afirma que él tampoco
pudo dormir por la intriga de los apuntes de Freder, y le recuerda una vez
más que la única en tener la razón es la naturaleza, jamás la limitada mente
del ser humano. Por ello, le propone publicar su teoría en la red interna del
instituto, para que otros investigadores puedan revisarla y encontrar errores u
objeciones. Aunque la idea no le parecía muy adecuada, ya que Freder nunca
publicaba investigaciones inconclusas o los borradores de sus modelos, accedió
pensando que alguien más podría explicar lo que estaba sucediendo.
Pero nada resultó como esperaban Freder y su antiguo mentor, pues en
pocos días las críticas y burlas hacia el modelo de Freder se hicieron llegar, y se
le tachó de «pseudocientífico», charlatán y vende humos. Además de que nadie
indicó cómo podrían corregirse los absurdos de la ecuación ni se molestaron en
explicar qué sucedía, los colegas del Dr. Freder sólo se dedicaron a criticarlo
por no haber publicado algo más serio y realista. A pesar de los intentos de
Freder por explicar la situación, esto no calmó las voces de sus colegas.
La situación empeoró cuando el propio Freder, envalentonado, retó a los
científicos a replicar el experimento, pero esta vez en la región umbral de ener-
gía, para ver si es posible generar energía ilimitada de la nada. Esto sólo causó
risas por parte de la comunidad, y una respuesta clara del profesor hacia Fre-
der: –la región umbral que estimaste requiere de tanta energía, que sólo un
reactor de fusión nuclear puede alcanzarla. Lo siento, pero ni con los mejores
aceleradores podrás alcanzar ese límite–.
Las últimas palabras del profesor aumentaron la frustración e ira del joven
científico, por lo que se sumergió de lleno a su trabajo, en un desesperado
intento de explicar de dónde surge esa misteriosa energía de “la nada” en su
ecuación, y mejor aún, «por qué» aparece. Sin embargo, cada revisión a la
ecuación implicaba nuevos descubrimientos y resultados absurdos, y con ello,
nuevas preguntas. Y a la vez que surgían preguntas, la desesperación y obsesión
de Freder por poder explicar el comportamiento del universo aumentaban, a
tal grado que pasaba días sin comer o semanas sin cambiar de ropa con tal de
dedicar todo el día a la resolución de la ecuación, y por supuesto, a su trabajo.
Es muy posible que algunos compañeros del trabajo notaran su falta de aseo
durante esos días, pero eso no importaba, pues había una misión mucho más
importante: entender y resolver la disparatada ecuación capaz de explicar la
estructura de la realidad misma.
muy buena la redacción, me los puedo imaginar clarito clarito....se ve que esto se va a poner bueno
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